sábado, 26 de noviembre de 2016

Cuando menos es más

Ya de regreso por el valle, les comparto algo que observé recorriendo provincias.
Cuando comenzó mi búsqueda personal y contaba entre mis amigos que hacia Yoga y terapia me miraba con sorpresa. Aún estaba el mito de que el Yoga era para jubiladas (apenas tenía 20 años) y que terapia hacían los “locos” (que puedo decir, me veía como alguien normal ;) jeje).

Por suerte actualmente está búsqueda se abrió a muchas personas, que aunque no practiquen nada al menos han oído hablar sobre este tipo de disciplinas. Ya no genera tanta sorpresa ni resistencia acercarse a ellas o tomar una sesión. Pero la moneda tiene dos caras.

Cuando el ego es más fuerte y domina la personalidad de quien se acerca a la terapia, no se logra sanar ni cambiar. Como consultantes suelen caer en la rueda de realizar infinitas sesiones de todo lo que aparezca como si fuera un gran shopping de la espiritualidad, creyendo que por eso son mejores personas o que por asistir a una sesión vamos a resolver la situación casi por arte de magia. Todas las disciplinas sirven, siempre y cuando quien las tome lo haga con la total conciencia y responsabilidad de saberse creador de su vida. No anulen su sabiduría interior, a su maestro interno que los guía. La sesión en si no es lo que me va a cambiar la vida, ¡soy yo mismo! El terapeuta que acompaña sólo nos da un empujoncito para ganar claridad, comprensión, compasión y mover la energía hacia la salud. Pero el trabajo debemos seguirlo nosotros mismos día a día, con voluntad. Comprender que ideas y acciones me han llevado hoy hasta acá y comenzar a dejar lo que nos hace daño. ¡Somos más poderosos de lo que creemos!

Por otra parte, he visto personas acercarse desde el Ego a la espiritualidad acumulando certificados de miles de cursos en sus paredes pero sin realizar ningún tipo de proceso personal. El ser “maestro” de algo significa tener conocimiento y perfecto dominio sobre una técnica que comparto y a la vez, haberme dejado atravesar y empapar por ella, no sólo a nivel teórico si no a nivel vivencial. Porque no puedo ayudar a otro, cuando yo no he sanado mis propias heridas. ¿Cómo puedo acompañarte y sostenerte?

Mi reflexión en ambos casos es la misma:
Sin voluntad ni compromiso real a atravesar ese espacio oscuro y doloroso de nosotros, no se llega a un cambio y crecimiento interior. Con crecimiento interior me refiero a que ya no sigo arrastrando las mismas cosas desde hace 10 años, si no que mi cambio hace que eso ya no me afecte porque está resuelto. He avanzado, cuando miro hacia atrás y veo mi vida más ordenada, mis días más felices y con nuevas dificultades y aprendizajes (porque así es esto, una manera de vida que implica evolución permanente). Sean cuidadosos a la hora de elegir con quien atenderse ya que existen montones de terapeutas maravillosos, pero no todos sin igual de responsables.

Escuchen su voz interna, en silencio, se encuentran muchas respuestas.
Paula Santiago.
Directora y Terapeuta en Espacio Nuevo Ser
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domingo, 6 de noviembre de 2016

Cuando queremos cambiar el mundo...

Esta semana, en medio de una lectura de registros akáshicos, un consultante hablaba sobre el extremo desgaste que le generaba defender sus valores y creencias. Los maestros le mostraban una forma de lograr cambios sin que él terminara agotado por resguardar su causa.
Esa enseñanza, me trae hoy a este escrito.

Muchos de nosotros “luchamos” por defender personas o lugares que se encuentran en estado de vulnerabilidad, leyes o normas que no están siendo respetadas. Mi causa en particular fue defender los derechos de las mujeres embarazadas y de los bebés por nacer.
Cuando comencé era una guerrillera del parto respetado, enojadísima con el sistema médico que en muchas partes del mundo funciona como un gran negocio y no respeta la salud, los derechos, los cuerpos, etc. Sumado a que yo también había tenido una mala experiencia fue un combo complicado de llevar emocionalmente.

Ante cada injusticia ahí estaba yo, acompañando a esa madre en su dolor. Me enojaba, indignaba, angustiaba y llegaba a mi casa con toda esa carga. Me sentía frustrada, impotente, porque todo parecía funcionar de una manera perversa y uno no “puede hacer nada”. Yo estaba conectada con esa frecuencia de emociones, la angustia de mi propia mala experiencia se despertaba ante cada relato de dolor y cada célula de mi cuerpo respondía.
Sin darme cuenta, a medida que fui reconociendo y profundizando en mi propia historia como hija, mujer y madre algunas cosas empezaron a sanarse. A la vez, empecé a acompañar partos en un hospital donde se respetaba a las mujeres. Empecé a entender que si me conectaba con el amor, podía dar amor. Para esas mujeres, era importante que alguien las sostenga y las cuide, sus partos fluían sin tanto temor, se daban cuenta de la fuerza y el poder que tienen dentro.  

Pongo este ejemplo, para no exponer la historia de mi consultante, pero el aprendizaje era este: si queremos cambiar una realidad afuera, primero tenemos que ver porque nos identificamos con ella, que parte de nuestra historia toca. Una vez que ella esté sanada (o al menos tengamos la conciencia de esa herida) podemos involucrarnos desde un lugar amoroso. Empezando por un granito de arena. El granito parece pequeño e insignificante, los idealistas queremos ir a mover montañas. Pero a veces hay que ponerse metas más cortas, para luego avanzar.
Y mover montañas, puede ser nuestro objetivo final, pero empecemos con el granito de arena.
¿Cómo puedo sumar? ¿En que puedo ayudar? Ya no estaba enojada con el sistema, tampoco negaba su existencia. Pero había encontrado una forma más sana para mí y con resultados mucho mayores.

La diferencia estaba en conectarse con el bien, con lo que uno si puede hacer y con los efectos que eso tiene en otras personas. Con pequeños actos cotidianos podemos sembrar semillas de cambio.

Paula Santiago.
Directora y Terapeuta en Espacio Nuevo Ser
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